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Cuando estudiaba en la universidad y compartía piso, era la persona más desordenada del mundo.

Mi habitación estaba siempre patas arriba, y perdía muchísimo tiempo porque era imposible encontrar nada.

Recuerdo que en una ocasión mi compañera de piso vio mi habitación y dijo que la única vez que había visto tanto desorden fue cuando habían entrado a robar en su casa.

Yo odiaba esa situación. Tener una habitación ordenada y bonita era poco menos que un sueño para mí.

Yo quería una habitación de revista, como esta 🙂

Lo cierto es que siempre la estaba ordenando, y a pesar de eso, cada vez que la dejaba bonita, se volvía a desordenar en menos de una hora.

Algo estaba fallando. Intenté de todo para mantenerla ordenada. Como buena estudiante de psicología, creía que conocía las técnicas de modificación de conducta suficientes como para poder hacer algo tan aparentemente sencillo como crear los hábitos para mantener ordenada una habitación.

Pero nada funcionaba. No sabía cómo crear y mantener el hábito del orden. Leí blogs, apliqué las técnicas que ponía en mis libros y apuntes de psicología, vi vídeos de Youtube, leí libros sobre el tema. De verdad que yo quería ser ordenada.

En mi cabeza siempre rondaba la pregunta: ¿Cómo es posible desear hacer algo con todas mis fuerzas y aún así, simplemente no poder hacerlo?

No fue hasta que acabé mis estudios y mi especialización cuando hube hecho un trabajo de autoconocimiento suficiente como para poder saber qué fallaba y poder corregirlo.

Puede que te ocurra lo mismo con alguna acción que quieras implementar en tu vida. Puede que quieras madrugar, hablar con algún ser querido más a menudo, hacer ejercicio, o puede que te ocurra en diversas áreas (suele ser lo habitual).

Es vital que tengas en cuenta que no vas a actuar si no te merece la pena. Si no eres capaz de ser constante en un hábito, no tienes ningún problema. De hecho, tu mente está actuando como se espera que actúe la mente de los seres humanos. Es decir, por reforzamiento.

Si no te vale la pena lo que haces (si no es reforzante), no lo vas a hacer.

-“Pero, Alba,” dirás, “si yo deseo ser constante en esto con todas mis fuerzas, sí que me vale la pena.”

Hay un detalle: en algunas personas, el reforzamiento a corto plazo es mucho más poderoso que el reforzamiento a largo plazo. Nuestra mente se empeña en convencernos de que es mejor dejar para luego las cosas desagradables.

Pero tranquilo, no está todo perdido para nosotros. Aquí te dejo una serie de pasos para implementar tu nuevo hábito, y una serie de ejercicios que usamos en psicología para entrenar cada paso del establecimiento de hábitos.

Paso 1: Revisa si el nuevo hábito está alineado con quien quieres ser.

Es probable que te hayan vendido un hábito como milagroso (meditar todos los días, por ejemplo) pero no es lo que quieres realmente. ¿De verdad necesitas meditar? O hacer ejercicio ¿Es una prioridad para ti?

No todos somos iguales. Por mucho que te hayan vendido que un hábito cambiará tu vida, (ahora se han puesto de moda muchos hábitos cambiavidas) tienes que tener claro que realmente es algo que deseas.

Implantar un hábito requiere generar nuevas habilidades psicológicas, lo que toma tiempo, esfuerzo y caerse unas cuantas veces.

Te recomiendo que te tomes tu tiempo y decidas si ese hábito vale la pena, si es una prioridad para ti y si realmente va a producir los cambios que deseas. En mi caso, yo lo tenía claro. Para mí (puede que para ti no, cada persona es diferente) tener un entorno organizado supone una gran mejora en mi calidad de vida.

Paso 2: Identifica los pensamientos y las sensaciones que aparecen cuando te propones el nuevo hábito

Vale, has elegido el hábito y tienes claro que te traerá beneficios. Si has intentado llevarlo a cabo alguna vez, y no has podido, es porque aparece alguna sensación desagradable cuando lo haces.

Pereza, cansancio, miedo, o algo parecido. Estas sensaciones siempre traen un montón de pensamientos consigo. En mi caso, era la pereza la que me impedía formar el hábito de recoger las cosas de mi habitación cuando las usaba, acompañada siempre por el pensamiento “ya lo haré luego”.

Esto se aplica a todo, por ejemplo, si tu hábito es el de hacer ejercicio, seguro que tu mente te envía un montón de pensamientos para convencerte de que no lo hagas, y de que hay cosas más divertidas que hacer en ese momento.

Cuando aparecen estos pensamientos y estas emociones desagradables, hacemos lo que sea para evitarlas. Si en lugar de irte a correr te pones a ver la tele, seguro que consigues que esa sensación de desgana, esa pereza, desaparezca.

Ejercicio:

Identificando los pensamientos y sensaciones que intentamos evitar, así como las actividades que compiten con el hábito, podemos definir cuál es el problema. Durante unos días, intenta practicar el hábito que has elegido, y apunta:

  • qué pensamientos aparecen (“qué pereza me da, ya lo haré luego, no valgo para esto…”)
  • qué otras cosas elijes hacer (ver la tele, ponerte a trabajar, coger el ordenador, hablar con una amiga, comer…).

Paso 3. Practica la habilidad de elegir

Ahora viene el momento de tomar acción. Ya tienes apuntados todos los componentes de la ecuación. Cada vez que llega la hora que te has propuesto para el hábito, tienes dos opciones.

  • Opción 1: Hacer otra cosa, con lo cual te evitas sensaciones de pereza y pensamientos desagradables.
  • Opción 2: Llevar a cabo el hábito que te has propuesto, con lo cual tienes que llevar a cuestas esas sensaciones y pensamientos que no te gustan.

Si esperas a que no te de pereza, si esperas a estar motivado, estás siendo dependiente de lo que tu mente te envíe. No estás decidiendo tú, sino tus pensamientos. Y tu mente no siempre quieren lo mejor para ti. Como te he dicho antes, ella sólo quiere el refuerzo a corto plazo. Por eso te envía cosas como: “ya lo haré luego”.

Si eliges la opción dos, la pereza está incluída en el pack.

Entonces, ¿qué hago? Como has apuntado los pensamientos que te vienen, serás capaz de reconocerlos. Puede que antes ni siquiera fueras consciente de ellos. Ahora, cada vez que aparezca uno, que tu mente no te pille por sorpresa. Reconoce el pensamiento, y dile a tu mente: “Mente, te he pillado, ya estabas intentando otra vez convencerme de que no haga esto”.

Con la práctica, cada vez te será más fácil identificar los pensamientos.

Cada vez que decidas llevar a cabo el hábito (por ejemplo, una vez al día), toma estos tres pasos:

  • Nota los pensamientos que aparecen, y la necesidad que viene con ellos (de hacer otra cosa, de irte a ver la tele…)
  • Date un segundo, respira hondo antes de responder a esa necesidad. Trae al presente el por qué de este hábito, el resultado que quieres conseguir.
  • Elige qué hacer. Puedes dejarte llevar por esos pensamientos o decidir tú lo que quieres hacer. Se trata de que seas libre, y no un esclavo de tu mente.

Para, respira, y elige

La evidencia científica en psicología señala que esta habilidad para elegir es la que te hace capaz de implementar nuevos hábitos y producir cambios en tu vida. En futuros posts te hablaré más sobre este tema.

Paso 4. Caerte y volver a levantarte

Para que esto funcione tienes que practicar. Esto supone aprender una nueva habilidad, porque es una forma nueva de responder ante los pensamientos que te envía tu mente. Al principio te será difícil elegir tú y no dejarte llevar por tu mente.

Por tanto, vas a fallar muchas veces. Pero si generas esta habilidad, tendrás libertad de decidir tú y producir cambios enormes en tu vida. Es un poder que vale la pena. Como puedes ver, es un proceso complicado, no es ninguna fórmula milagrosa. Requiere práctica y esfuerzo, por eso te decía que el hábito que escojas que ser un hábito muy importante para ti, que sepas que realmente va a traer los cambios que quieres en tu vida.

Post dedicado a mis compañeras de piso de la universidad, Laura y Cris, por todo lo que tuvieron que aguantar. Gracias 🙂

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LAlalalalla